martes, 3 de mayo de 2011

ANGEL DE JEHOVÁ

ANGEL DE JEHOVÁ
ANGE DOCT TIPO ver, TEOFANÍA Todo ángel que Dios envía a ejecutar sus órdenes pudiera ser llamado el ángel del Señor (2Sa_24:16; 1Ki_19:5, 7). Pero el misterioso ser llamado «el Ángel de Jehová» es de un orden totalmente distinto. Es a la vez distinto y uno con Dios, siendo semejante a Él. Habla como siendo el mismo Dios y su persona parece confundirse con la de Dios (Gen_16:7, 10; 18:10, 13-14, 33; 22:11-12, 15-16; 31:11, 13; Exo_3:2, 4; Jos_5:13-15; 6:2; Jdg_6:12-22; 13:13-22; Zec_1:10-13; 3:1-2). El ángel de Jehová revela la faz de Dios (Gen_32:30); el nombre de Jehová está en él (Exo_23:21), y su presencia equivale a la presencia divina (Exo_32:34; 33:14; Isa_63:9). Su nombre es «admirable» (Jdg_13:18), que se vuelve a encontrar en la profecía de Isa_9:6aplicada al Mesías: «Y se llamará su nombre: Admirable» (el mismo término también en hebreo). De todo ello se puede llegar a la conclusión de que el Ángel de Jehová es una verdadera «teofanía» (véase), o aparición de Dios. Jehová mismo es invisible, y nadie lo ha podido ver jamás (Exo_33:20; Joh_1:18; 1 Tit_6:16). Es el Hijo Unigénito quien lo ha manifestado, y ello no solamente por Su encarnación en el NT, sino ya en el AT por Sus apariciones como el Ángel de Jehová. Así se armonizan los textos en base a los cuales por una parte nadie puede ver ni ha visto jamás a Dios, y por otra parte aquellos textos en base a los cuales creyentes del AT tuvieron un encuentro real con Dios (Gen_32:30; Exo_24:9; cp. Act_7:38; fue el Ángel que se apareció a Moisés, etc.). Citemos también al profeta Zacarías (Zec_3:1-5), donde el Ángel de Jehová interviene como lo hace Cristo, nuestro Abogado, para defender a Josué, que estaba siendo acusado por Satanás ante Dios (cp. Rev_12:10; 1 Joh_2:1-2). Es indudablemente también el «ángel fuerte» de Apocalipsis (Rev_10:1-3).

ÁNGELES CAÍDOS

 ÁNGELES CAÍDOS
ANGE DOCT TIPO ver, TEOFANÍA (A) Leemos de ángeles que «no guardaron su propia dignidad», sino que dejaron su propia morada, y están guardados, bajo oscuridad, en cadenas eternas para el juicio del gran día (Jud_6). Dios no perdonó a los ángeles que pecaron (2Pe_2:4). No pueden beneficiarse de la obra redentora de Cristo (Heb_2:16). Parece haber para ello dos razones: aquellos ángeles que han pecado lo han hecho a la plena luz de Dios, y son totalmente responsables de una apostasía voluntaria y arrogante, no habiendo nacido como nosotros en pecado dentro de la solidaridad de la raza humana; también es dentro de la solidaridad de la raza humana que entró Cristo, en gracia y perfección, por lo que el beneficio de su redención se extiende a esta raza humana solidaria, y no fuera de ella, y también a aquello que está bajo el hombre, la misma creación, que será restaurada (Rom_8:21). La naturaleza de su pecado puede estar tratada en Génesis (Gen_6:2), de lo que quedaría también memoria en las mitologías de los griegos y otros pueblos, con las uniones entre dioses y mujeres, de los que nacieron semidioses, «varones de renombre». Su castigo y el de Sodoma y Gomorra se ponen como ejemplo contra la indulgencia a la carne y al menosprecio contra la autoridad (2Pe_2:10; Jud_6-8). (B) Además de los anteriores que están guardados encadenados, leemos de ángeles relacionados con Satanás. El gran Dragón y sus ángeles serán sometidos por Miguel y sus ángeles y arrojados del cielo (Rev_12:9). El lago de fuego, o Gehena, ha sido especialmente preparado para el diablo y sus ángeles. Desdichadamente, muchos hombres serán también arrojados allí (Mat_25:41). Abadón o Apolión es el nombre de «el ángel del abismo» (Rev_9:11). Ciertos pasajes de las Escrituras (Isa_14:12-16; Eze_28:14-19) pueden arrojar algo de luz sobre la caída de Satanás, pero no se revela si la caída de aquellos que reciben la denominación de «sus ángeles» fue debida a la misma causa y si fue al mismo tiempo o no. La Escritura muestra con toda claridad que todos ellos serán vencidos y eternamente castigados.

ALMA

ALMA
DOCT ver, HOMBRE, CORAZÓN, CUERPO, ESPÍRITU La palabra hebrea «nefesh», (que es uno de los vocablos traducidos generalmente en castellano por «alma») aparece 754 veces en el Antiguo Testamento. Como puede verse en la primera cita bíblica al respecto, significa «lo que tiene vida» (Gen_2:7), y se aplica tanto al hombre como a los demás seres vivientes (Gen_1:20, 24, 30; 9:12, 15, 16; Eze_17:9). Muchas veces se identifica con la sangre, como algo que es esencial para tener aliento y animación (Gen_9:4; Lev_17:10-14; Deu_12:22-24), y en el hombre es su principal característica que lo distingue de los seres irracionales (Gen_1:26). La primera función del alma es la de dar vida al cuerpo, y como la respiración es el signo principal de la vida física, de ahí que en hebreo, como en la mayoría de las lenguas, se designe con términos que se relacionan más o menos con la imagen del aliento. Este principio es la base donde radican los sentimientos, las pasiones, la ciencia, la voluntad (Gen_28:8; 34:3; Exo_23:9; 1Sa_1:15; Psa_6:4; 57:2; 84:3; 139:14; 143:8; Son_1:6; Pro_19:2; Isa_15:4, etc.). El alma expresa al hombre entero, a su total personalidad en muchas de las ocasiones en las que aparece en la Biblia. Toda esta concepción del alma se basa en la observación concreta del hombre. Así, estar en vida es todavía tener aliento (2Sa_1:9; Act_20:10); cuando el hombre muere sale el alma (Gen_35:18), es exhalada (Jer_15:9), y si resucita vuelve el alma a él (1Ki_17:21). Para el pensamiento hebreo el alma es inseparable del hombre total, es decir, que el alma expresa los hombres vivientes. Tal vez aquí radica el origen de la identificación del alma con la sangre (Psa_72:14); el alma está en la sangre (Lev_17:10s), y a veces se dice metafóricamente (?) que la sangre es la vida misma (Lev_17:14; Deu_12:23). De todos estos pasajes se puede deducir que la «nefesh» es el principio de vida vegetativa que se considera ligada a la sangre del ser vivo (Gen_9:4-5; etc.). Hay en hebreo además otras palabras que tienen casi el mismo significado, como «nesamah», que expresa un soplo divino vivificante (Zec_12:1; Job_12:10) que es principio de vida racional, sensitiva e intelectual (Eze_11:5; Isa_26:9; 66:2; Pro_15:13; 29:23; Psa_51:14). Otro término casi equivalente es «ruah», que designa un soplo vital, el principio de la vida y de los sentimientos (Pro_20:27). El hombre es superior y se distingue de las bestias por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gen_2:7; 6:3; 7:22; 27:6; Lev_17:11; Psa_104:29-30; Job_10:9-12; 27:3; 33:3-4). En el Antiguo Testamento la «nefesh» parte del cuerpo con la muerte (Gen_25:18); pero el término no se aplica al espíritu de los muertos. «Ya que la psicología hebrea no tenía una terminología semejante a la nuestra»; la explicación debe buscarse en los pasajes donde las palabras hebreas traducidas por «corazón» y «espíritu» son usadas. Es preciso esperar a los tiempos del Nuevo Testamento, los de la plenitud de la Revelación en Cristo, para tener una doctrina completa del alma. En el griego del Nuevo Testamento la palabra «psyche» se usa como equivalente de la palabra hebrea «nefesh», pero hay once casos en los Evangelios Sinópticos en que se expresa la seguridad de la vida después de la muerte. En todos los cuatro evangelios la palabra «pneuma», que es equivalente de «ruah», también se usa para indicar la vida espiritual, y la palabra «kardia» («corazón») se usa para expresar la vida psíquica del hombre. En el Nuevo Testamento el alma es la parte invisible del hombre, en oposición con la sangre y la carne (Col_2:5; 1Co_5:5; 7:34; Joh_6:64); la «psyche», el alma, es el principio de la voluntad y del querer (Mat_26:41; Mar_14:38), el centro de la personalidad íntima del hombre (1Co_2:1); el alma es nuestro propio yo (Rom_8:16; 1Co_16:18; Gá. 6:18; Phi_4:23). En el Nuevo Testamento, al contrario del Antiguo, el alma puede vivir separadamente del cuerpo y es el principio que le da vida (Luk_8:55; 23:46; Act_7:59; Jam_2:26). Claramente se habla de la supervivencia del alma (Luk_23:46; 1Pe_3:19). Así que es sinónimo de espíritu, y cuando el apóstol Pablo habla de tres componentes del hombre, a saber: cuerpo, alma y espíritu, no debemos pensar en una verdadera tricotomía, sino en la distinción entre la vida biológica del hombre y su vida espiritual, y que son salvos juntamente con su cuerpo, porque Dios salva al hombre total (1Th_5:23), que, si ahora está sometido a la muerte, será transformado y revestido de inmortalidad al final de los tiempos (1Co_15:53). La expresión usada por Pablo que compara la muerte a un sueño (1Co_7:39) es una metáfora usada ya por los judíos y que ciertamente aparece también en numerosas inscripciones en las catacumbas de las primeras generaciones, y en la cual se expresa la firme convicción de que si duermen en el cuerpo, ciertamente ya han empezado a gozar de la salvación de Dios. En este pasaje, como en otros, el apóstol supera las falsas concepciones que invadían el mundo helenístico en cuanto a la resurrección. El hombre total resucitará, en alma y cuerpo, porque la muerte no termina con el hombre, ya que Dios, cuando lo creó, lo hizo inmortal, y si por el pecado la muerte entró en el mundo (1Co_15:22), por Cristo entró la vida. Aunque la Biblia no desarrolla la idea del alma de una manera abstracta como lo hace la filosofía, no obstante, es bien claro que en el Nuevo Testamento el alma que anima al hombre terrenal lo sobrevive y lo animará cuando, ya transformado y revestido de inmortalidad, tenga la plena visión de Dios. Cuando Dios creó al hombre a su «imagen y semejanza» (Gen_1:26), su alma, su vida, su carácter, su voluntad, su psicología, su personalidad total tenían rasgos divinos que el pecado destruyó. El hombre, señor de la Naturaleza, tiene un alma, una vida superior a la de los animales, sobre los cuales tiene dominio por su razón y personalidad que le vienen por un acto de la soberana voluntad de Dios que le permite señorear y «llamar» por su nombre a los animales (Gen_2:19). Su alma es, por tanto, superior y distinta de la de los demás seres. El hombre resucitará en su integridad (tanto los buenos como los malos) al final de los tiempos (1Co_15:45). (Véanse HOMBRE, CORAZÓN, CUERPO, ESPÍRITU)

AMÉN

AMÉN
 (heb, «amen»). Término que indica una intensa afirmación o acuerdo. La primera mención de ella en las Escrituras es en el pasaje en el que la mujer de cuya fidelidad sospechaba el marido debía beber de las aguas amargas y dar su asentimiento a la maldición pronunciada sobre ella en caso de que fuera culpable, diciendo amén, amén (Num_5:22). También se usó como asentimiento por parte del pueblo, al pronunciarse las maldiciones desde el monte Ebal (Deu_27:14-26). Cuando David declaró que Salomón debía ser su sucesor, Benaías dijo: «Amén. Así lo diga Jehová, Dios de mi señor el rey» (1Ki_1:36). Igualmente, cuando David trajo el arca, y cantó un salmo de acción de gracias, todo el pueblo dijo amén, y alabaron al Señor (1Ch_16:36; cp. también Neh_5:13; 8:6). En un caso la exclamación no significa más que «ojalá». Hananías había profetizado falsamente que en el espacio de dos años completos todos los vasos de la casa de Jehová serían devueltos de Babilonia; a esto Jeremías dijo: «Amén, así lo diga Jehová.» Aunque sabía que se trataba de una falsa profecía, bien podía desear que pudiera ser así (Jer_28:6, y ver el resto del pasaje). Se añade amén al final de los primeros cuatro libros de los Salmos (Psa_41:13; 72:19; 89:52; 106:48). En estos casos no se trata de un aceptar lo que se ha dicho, sino que el escritor añade amén al final, significando «sea esto así», y se repite tres veces. Se traduce como «amén» siempre en el AT, excepto por dos ocasiones en Isa_65:16, donde se traduce «de verdad». Hay una palabra hebrea relacionada, que significa «creer», y que se usa en relación con Abraham (Gen_15:6). En el NT se añade frecuentemente a la adscripción de alabanza y de bendiciones (p. ej., Heb_13:21, 25). Como respuesta se usa también en diversos pasajes (p. ej., 1Co_14:16; Rev_5:14; 7:12; 22:20). Hay otra manera en la que se usa la palabra: «Porque todas las promesas de Dios son en él sí (esto es, la confirmación), y en él amén (la verificación), por medio de nosotros, para la gloria de Dios» (2Co_1:20); también «He aquí el amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios» (Rev_3:14). Así como hay respuestas en el cielo, como se ve en algunos de los pasajes anteriormente citados, así también debiera haber respuestas en la tierra en las congregaciones de los santos, no limitándose a una mera audición de la alabanza y de las oraciones. Es la palabra que usa constantemente el Señor para introducir Sus declaraciones, y que se traduce «de cierto» (p. ej., Joh_6:26).

AMOR

AMOR
TIPO vet, Es un término en la Biblia que es traducción de varios otros. En hebreo, en el AT, tenemos los siguientes: (a) «ahabah», relacionado con el verbo «aheb». Se usa: del amor de Jacob por Raquel (Gen_29:20); del amor de David hacia Jonatán (2Sa_:26); del amor de Amnón hacia Tamar; del amor hacia los semejantes, pagado con odio (Psa_109:4, 5); del amor del esposo hacia la esposa (Pro_5:19); del efecto del amor en las relaciones humanas (Pro_10:12); del amor de Jehová hacia Su pueblo (Jer_31:3; Hos_3:1; Sof. 3:17); (2) «ohabim», de actos de amor (Pro_8:18); (3) «dod», como el anterior (Pro_7:18; Son_1:2, 4; 4:10, etc.; Eze_23:17). En el NT se traduce «amor» un término griego, «agapë». La palabra «eros», que no se usa en el NT, conllevaba siempre la idea, en mayor o menor intensidad, de deseo y de avidez. Con «agapë» se designa el amor de origen divino: del Padre al Hijo (Joh_3:35, donde se usa el verbo relacionado, «agapaõ»), de Dios al mundo (Joh_3:16, igual observación que en el caso anterior), o de Dios a los creyentes (Rom_5:5), o el amor de Dios en nosotros, obrando hacia los demás (2Co_5:14), dándose en 1Co_13el más completo conjunto de cualidades de este amor. Con el vocablo «philanthropia» se designa el amor dirigido al hombre (Tit. 3:4). Más exactamente se usa la forma verbal, designando la acción. A este respecto, es digno resaltar que la primera mención de amor en la Biblia es el amor de padre a hijo (Gen_22:2), de Abraham a Isaac; la segunda mención es el amor del esposo hacia la esposa (Gen_24:67), de Isaac a Rebeca. Estos dos amores son dos hermosos tipos del amor: (a) del Padre hacia el Hijo (Joh_3:35), y (b) del Hijo hacia Su Iglesia (Eph_5:25). Una afirmación fundamental en las Escrituras es que Dios es amor. No se trata meramente de uno de Sus atributos, sino que la misma esencia de Su ser es amor. De ahí que el pecado tenga como consecuencia división, separación, alienación. De ahí también el énfasis en centrar el comportamiento humano en el amor a Dios y al prójimo (Mat_22:34-40; Mar_12:28-33). Este amor, para ser genuino, tiene que estar fundamentado ante todo en una relación genuina con Dios, y tiene que provenir del mismo Dios; las imitaciones no son válidas (1Co_13:3). Solamente puede surgir de una relación viva con Dios ya conocido por medio de Jesucristo (Eph_3:14-21con Eph_5:1-2). Todo lo que no surja de una relación vital con Dios no es el amor «agapë» descrito en 1Co_13, sino el efecto meramente natural.

SANTUARIO

SANTUARIO
CONS ver, TABERNÁCULO, TEMPLO vet, Significa «[lugar] santo», y se usa en el AT para designar tanto el Tabernáculo como el Templo como un todo, y el «lugar santo» y el «santísimo» en contraposición a las otras partes. El santuario era el lugar en el que, fuera de la presencia del hombre y del mundo, se podía contemplar la gloria de Dios y comprender Sus propósitos (cfr. Psa_73:17). Era el lugar en el que se ofrecían los sacrificios y donde se adoraba a Dios. En el NT, este término se aplica también a las partes santas del Tabernáculo (Heb_9:1; 13:11). En Heb_9:1recibe la calificación de «terreno» («kosmikos»), en contraste con el verdadero Tabernáculo «que levantó el Señor y no el hombre» (Heb_8:2). El término «santuario» en este último pasaje es lit., «santos» (lugares o cosas). De ello, Cristo es el ministro. El santuario del cristiano consiste en la luz de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Dios se revela sin velo interpuesto. No tiene templo terreno, como tampoco lo habrá en la celestial Nueva Jerusalén, porque «el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero» (Rev_21:22). (Véanse TABERNÁCULO, TEMPLO.)

AIONIOS LA PALABRA DE LA ETERNIDAD

AIONIOS
LA PALABRA DE LA ETERNIDAD
Haremos bien en investigar el verdadero significado de la palabra  aionios, la cual, en el NT, se traduce usualmente  eterno o  perpetuo. Esta es la palabra que se aplica a la vida y a la gloria (eternas), que representan las más altas recompensas del cristiano, y al juicio y castigo (eternos), que deben ser causa de su más grande terror.
Aionios es una palabra extraña tanto en el griego clásico como en el secular, con un cierto sentido de misterio en sí misma. Es un adjetivo que procede del substantivo  aion, el cual tiene tres significados principales en el griego clásico.
(I) Significa (curso de la)  vida. Herodoto habla del fin de nuestro  aion (Herodoto 1.32); Esquilo, de privar al hombre de su  aion (Esquilo,  Prometeo 862) y, Eurípides, de exhalar nuestro último aliento de  aion (Eurípides,  Fragmento 801).
(II) Significa  siglo, generación 0 época, por lo que los griegos hablaban del presente  aion y del  aion futuro.
(lll) Pero la palabra también denota un  iarguisimo espacio de tiempo. La frase preposicional  ap' aionos significa  desde hace mucho tiempo, y di' aionos quiere decir  perpetuamente, para siempre. Y es precisamente aquí donde comenzamos a tropezar con el misterio. En los papiros, leemos acerca de las multitudes congregadas en las calles que gritaban: El emperador  eis ton aiona, es decir: "El emperador  para siempre".
 Aionios, en tiempo del griego helenista, llegó a ser el adjetivo en vigor para describir el poder del emperador. El poder de Roma es tal, que ha de durar por siempre. Y así, como bien apunta Milligan, la palabra  aionios viene a describir "un estado dentro del cual el horizonte no se divisa".  Aionios llega a ser la palabra de las grandes distancias, de las eternidades, de lo que trasciende el tiempo.
Pero fue Platón quien dio  a aionios -él pudo incluso haberla forjado- su especial sentido misterioso. Resumiendo, para este filósofo,  aionios es la palabra que indica eternidad en contraste con tiempo. La usa, como se ha dicho, para "denotar lo que no tiene principio ni fin, lo que no está sujeto a cambio ni decadencia, lo que está sobre el tiempo pero de lo que el tiempo es una imagen móvil".
Platón no quiere dar a entender con esta palabra una simple duración indefinida -a este punto volveremos más tarde-, sino eso que está sobre y más allá del tiempo. Hay tres ejemplos significativos de  aionios en el pensamiento platónico.
En el segundo libro de la  República (363d), Platón habla de los cuadros celestiales que pintan los poetas y, refiriéndose a las recompensas que Museo y Eumolpo dan a los justos, dice: "Los llevan al mundo subterráneo y los sientan a la mesa de los bienaventurados, coronados de flores y enteramente ebrios para  toda su vida, cual si el mejor precio para la virtud fuese la embriaguez  eterna (aionios methe)".
En  Las Leyes (904a), dice que el cuerpo y el alma son imperecederos, pero no  eternos. Hay diferencia entre existencia para siempre y eternidad, pues la eternidad es posesión de los dioses y no de los hombres.
Sin embargo, el más significativo de todos los pasajes platónicos está en el  Timeo 37d, donde se habla del Creador y del universo que había creado "hecho a imagen nacida de los  dioses eternos" -y el Creador se alegró con ello y, en su regocijo, pensó en los medios de hacerlo más semejante todavía a su modelo, pero era imposible "adaptar enteramente esta eternidad a un universo creado". Por eso hizo el tiempo como imitación móvil de la eternidad.
Lo esencial de esta imagen radica en que la eternidad es siempre la misma y siempre indivisible; su ser no es creado ni existe devenir; no hay nada semejante a más viejo y más joven; no hay pasado, presente ni futuro. No hay  era ni  habrá, sino sólo un eterno  es. Obviamente, no puede darse ese estado en el mundo creado; pero, no obstante sus limitaciones, el mundo creado es la imagen de la eternidad.
Evidentemente,  aionios es, en esencia, la palabra que se aplica al orden eterno como contrastado con el orden de este mundo; es la palabra que se aplica a la divinidad corno contrastada con la humanidad; es la palabra que, en puridad, solamente puede aplicarse a Dios porque describe nada más y nada menos que la vida de Dios.
Ahora debemos volver al uso de  aionios en el NT. Con mucho, su utilización más importante está en relación con la  vida eterna y, precisamente por ser tan importante, debemos considerarla por separado y de forma especial, recordando una vez más que  aionios solamente puede describir con fidelidad lo que es propio de Dios.
Veamos, pues, el resto de los usos de esta palabra en el NT.
Se usa respecto de las grandes bendiciones que Jesucristo ha traído a la vida del cristiano.
Se usa respecto del  pacto eterno, del cual Cristo es mediador (He. 13:20). Pacto quiere decir relación con Dios. A través de Cristo, el hombre entra en una relación con Dios que es tan eterna como él.
Se usa respecto de las  moradas eternas que aguardan al cristiano (Lc. 16:9; 2 Co. 5:1). El destino último del cristiano es una vida como la del mismo Dios.
Se usa respecto de la  eterna redención y de la  herencia eterna del cristiano gracias a Jesucristo (He. 9:15). La seguridad, la libertad y la paz que Cristo forjó para los hombres son tan eternas como el propio Dios.
Se usa para describir la  gloria en la que entrará el cristiano fiel (1 P. 5:10; 2 Co. 4:17; 2 Ti. 2:10); la misma gloria de Dios.
También se usa en conexión con las palabras  esperanza y salvación (Tit. 3:7; 2 Ti. 2:10). No hay nada efímero, pasajero o destructible en la esperanza y salvación cristianas. Ni siquiera el otro mundo puede cambiarlas o alterarlas porque son tan inmutables como el propio Dios.
Se usa respecto del  reino de Jesucristo (2 P. 1:11). Jesucristo no es superable; no es una etapa en el camino de la revelación. Su revelación y su valor son de Dios.
Se usa respecto del  evangelio (Ap. 4:6). El evangelio no es una mera revelación más, sino la eternidad entrando en el tiempo.
Se usa para describir el  fuego del castigo (Mt. 18:8; 25:41; Jud. 7), el  castigo en sí (Mt. 25:46), el  juicio (He. 6:2), la  destrucción (2 Ts. 1:9) y el pecado que separará finalmente al hombre de Dios (Mr. 3:29).
En estos pasajes es donde debemos tener un cuidado especial cuando interpretemos la palabra. Tomarla como significado simplemente  para siempre, no es bastante; es preciso recordar el significado especial de  aionios. Aionios es la palabra que se aplica a la eternidad como opuesta a, y contrastada con, el tiempo; que se aplica a la divinidad como opuesta a, y contrastada con, la humanidad, y que, por consecuencia, solamente puede aplicarse propiamente a Dios. Si tenemos todo esto en cuenta, nos quedaremos con una tremenda verdad: tanto las bendiciones de los fieles como los castigos de los infieles serán  tal y como cuadre a Dios el derramarlas y el infligirlos.
Y ya no podemos ir más allá. Unicamente, que tomar la palabra  aionios, cuando se refiere a bendiciones y castigos, como significando  para siempre es simplificarla en demasía  y, ciertamente, malentenderla por completo, puesto que abarca mucho más.
Significa que cuánto los fieles reciban y los infieles sufran estará en consonancia con el carácter y la naturaleza de Dios para conferir y para infligir -y más allá, nosotros, que somos hombres, no podemos ir, excepto recordar que Dios es amor.
Consideremos ahora el uso más importante de  aionios en el NT: el que está relacionado con la frase  vida eterna. Debemos empezar volviendo a recordar -como tan a menudo venimos haciendo- que  aionios es la palabra que se aplica a la eternidad como contrastada con el tiempo, a la deidad como contrastada con la humanidad, y que, por tanto,  vida eterna no es otra cosa que vida de Dios.
(I) La promesa de vida eterna es lo que permitirá al cristiano participar nada menos que del poder y de la paz del propio Dios.
Vida eterna es la  promesa de Dios (Tit. 1:2; 1 Jn. 2:25). Dios nos ha prometido que participaremos de su bienaventuranza, y esa promesa es inquebrantable.
(II) Vida eterna es  el don de Dios (Ro. 6:23; 1 Jn. 5:11). Como veremos, este don tiene sus condiciones; pero el hecho permanece de que la vida eterna es algo que Dios, por su sola bondad y gracia, da a los hombres. Nosotros no la podemos ganar ni merecer. Es un regalo.
(Ill) La vida eterna está  íntimamente ligada a Jesucristo. Cristo es el agua viva, el elixir de la vida eterna (Jn. 4:14). Es el alimento que trae a los hombres vida eterna (Jn. 6:27, 54). Sus palabras son de vida eterna (Jn. 6:68). El mismo no sólo trae (Jn. 17:2, 3),  es vida eterna (1 Jn. 5:20).
Dicho de forma más sencilla, Únicamente a través de Jesucristo es posible una relación, una intimidad, una unidad con Dios. A través de lo que él es, y de lo que hace, podemos participar de la misma vida de Dios.
(IV) La vida eterna  viene por medio de creer en Jesucristo (Jn. 3:15, 16, 36; 5:24; 6:40, 47; 1 Jn. 5:13; 1 Ti. 1:16). ¿Qué significa creer? Evidentemente, no es una simple aceptación intelectual. Creer en Jesucristo significa que creemos como cierto absoluta e implícitamente todo lo que Jesús dijo acerca de Dios.
Si realmente creemos que Dios es Padre y que ama a los hombres tanto como para enviar a su Hijo al mundo a morir por ellos, demarcamos toda la diferencia que hay entre mundo y vida porque la tal creencia significa que la vida está en manos del amor de Dios, y, además, significa tener por cierto y aceptar que Jesús es quien dijo ser.
Obviamente, la confianza que podamos tener en cualquier afirmación dependerá enteramente de la posición de la persona que la haga. Estamos obligados a preguntar: ¿Cómo puedo estar seguro de que todo lo que me dice Jesús sobre Dios es verdad? La respuesta es: porque creo que Jesús es el único que tenía derecho a hablar de Dios, puesto que no me cabe la menor duda de que Jesús es el Hijo de Dios. Por tanto, entramos en la vida eterna por creer que Jesús es el Hijo de Dios.
Pero esta creencia va todavía más lejos. Creemos que Dios es Padre y que Dios es amor porque creemos que Jesús, siendo el Hijo de Dios, nos ha dicho la verdad acerca de Dios, y, entonces,  actuamos en consonancia con la creencia, es decir, vivimos con la certeza de que no podemos hacer otra cosa que no sea poner toda nuestra confianza en Dios y rendirle una perfecta obediencia.
Vida eterna no es otra cosa que la misma vida de Dios. Entramos en la vida eterna a través de creer en Cristo, y esta creencia tiene una triple implicación:
(I) Implica creer que Dios es la clase de Dios que Jesús dijo a los hombres.
(II) Implica la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios, y, por tanto, que tiene derecho a hablar de Dios en una forma que nadie pudo ni jamás podrá hablar.
(lll) Implica vivir toda la vida asintiendo a estas cosas. Cuando lo hacemos así, participamos nada menos que de la vida, el poder y la paz que solamente Dios puede dar.
Ya hemos dicho que vida eterna es el don de Dios. Todos los dones de Dios, aun siendo tales, requieren el esfuerzo por parte nuestra de tomarlos, como prueba de interés.
Usemos una analogía humana. Toda la belleza, riqueza y sabiduría de la literatura clásica están ahí para que cualquiera las disfrute; solamente que, para eso, es preciso que antes se introduzca en ellas mediante el trabajo, el estudio y la disciplina que el aprendizaje del latín y del griego exige.
El ofrecimiento de Dios de vida eterna es un hecho, pero el hombre debe anhelarla e introducirse en ella antes de que pueda recibirla plenamente.
(I) La vida eterna demanda  conocimiento de Dios. Vida eterna significa "conocer al único Dios verdadero" (Jn. 17:3). Ahora bien, el hombre sólo puede conocer a Dios por medio de tres vías: (a) la vía de la mente para pensar, (b) la vía de los ojos y del corazón para ver y amar a Jesucristo y (c) la vía de los oídos para escuchar lo que Dios está procurando decirle.
Si hemos de introducirnos en la vida eterna, nunca debemos estar tan ocupados con las cosas del tiempo como para no pensar en las cosas eternas, ni caminar mirando a Jesús, ni estar regularmente en una actitud silenciosa y alerta para atender a Dios.
(II) La vida eterna demanda  obediencia a Dios. El mandamiento de Dios es vida eterna (Jn. 12:50). Jesús es autor de eterna salvación para todos los que le obedecen (He. 5:9). Nuestra paz depende sólo de hacer su voluntad. Dios pleitea con el rebelde, pero sus dádivas son para el obediente. Nunca podremos lograr una completa intimidad y unidad con alguien de quien continuamente diferimos y a quien continuamente afligimos con nuestra desobediencia. Obediencia y vida eterna de parte de Dios van de la mano.
(lll) Vida eterna es la recompensa a una  lealtad tenaz (1 Ti. 6:12). Viene al hombre que ha peleado la buena batalla de la fe y que se ha ligado a Jesucristo en cuerpo y alma. La recibe el hombre que  oye y sigue (Jn. 10:27, 28) el camino de Jesús en completa lealtad, en vez de su propio camino.
(IV) Hay una  demanda ética en la vida eterna. Vida eterna es la meta del camino de santidad (Ro. 6:22). La recibe quien demuestra una paciente continuidad en el buen hacer (Ro. 2:7), pero jamás quien odie a su hermano, porque el tal es homicida en su corazón (1 Jn. 3:15). La vida eterna viene a aquellos que se mantienen en el amor de Dios (Jud. 21).
No hay escapatoria de la demanda ética del cristianismo. La vida eterna no es para el hombre que actúa como le viene en gana; sino para el que actúa como enseña Jesucristo. No es que se nos exija que seamos perfectos, pero sí que, aunque caigamos y fracasemos, tengamos todavía nuestros ojos fijos en Jesucristo.
(V) Vida eterna es la recompensa para  el obrero de Cristo (Jn. 4:36). Se promete vida eterna al hombre que ayuda a Cristo a segar la cosecha de las almas de los hombres; es el ofrecimiento de Dios a quien está más interesado en salvar a los demás que en salvar egoístamente su alma.
(VI) Vida eterna es la recompensa para  el cristiano audaz (Jn. 12:25). Es para el hombre que amando su vida está decidido a darla, si fuera preciso, por amor a Jesucristo. Es para el que está siempre dispuesto a "aventurarse por Su nombre", para el que acepta los riesgos de la vida cristiana y está preparado para "apostar su vida a que hay Dios".
(VII) Vida eterna es el resultado de ¡a justicia que viene a través de Jesucristo (Ro. 5:21). El significado esencial de justicia es una nueva relación con Dios a través de lo que Jesucristo ha hecho por nosotros.
Y, así, terminamos donde empezamos -vida eterna es la vida de Dios mismo, en la cual podremos entrar cuando aceptemos todo lo que Jesucristo ha hecho por nosotros y todo lo que nos dice acerca de Dios.
Nunca captaremos la idea completa de vida eterna hasta que nos desembaracemos de la imposición casi instintiva de que vida eterna significa, fundamentalmente, vida que continúa  para siempre. Hace ya mucho tiempo que los griegos detectaron claramente que ese tipo de vida no sería en modo alguno una bendición.
Fueron precisamente los griegos quienes contaron la historia de Aurora, diosa del alba, que se enamoró del joven mortal Titón. Zeus le dio a escoger la gracia que quisiera para su amante mortal, y ella pidió que no muriese nunca; pero olvidó añadir que permaneciera siempre joven. Así Titón vivió en un continuo y sin fin envejecimiento, volviéndose más y más decrépito, hasta que la vida llegó a ser para él una terrible e intolerable maldición.
La vida tendrá valor cuando no sea nada menos que la vida de Dios -y ese es el significado de vida eterna.

AGAPE Y AGAPAN LA MÁS GRANDE DE LAS VIRTUDES

AGAPE Y AGAPAN
LA MÁS GRANDE DE LAS VIRTUDES
La lengua griega es una de las más ricas, y tiene una facultad sin rival para expresar los diversos matices del significado de un concepto, pues, como sucede con cierta frecuencia, dispone de series completas de palabras para ello. Así, por ejemplo, mientras el inglés dispone solamente de un vocablo para expresar toda clase de amor, el griego tiene por lo menos cuatro.  Agape significa  amor, y agapan, que es el verbo, significa  amar. El amor es la más grande de las virtudes; la virtud característica de la fe cristiana. Por tanto haremos bien en procurar descubrir todo el contenido de estas dos palabras griegas cuyas características distintivas podremos conocer si las comparamos con otras palabras griegas que también signifiquen amor.
1. El sustantivo  eros y el verbo  eran se usan principalmente para denotar el amor entre los sexos. Aunque también pueden utilizarse para expresar la pasión de la ambición o la intensidad de un sentimiento patriótico, característicamente son palabras que se emplean con relación al amor físico. Gregorio Nazianceno definió  ecos como "el deseo ardiente e insufrible". Jenofonte, en la  Ciropedia (5.1.11), tiene un pasaje que muestra exactamente el significado de  eros y eran. Araspas y Ciro están discutiendo las diferentes clases de amor, y el primero dice: "Un hermano no se enamora de su hermana, sino de otra; ni un padre se enamora de su hija, sino de cualquier otra mujer, porque el temor de Dios y las leyes de la tierra son suficientes para impedir tal clase de amor"  (ecos). Notemos que estas palabras están predominantemente relacionadas con el amor sexual. En castellano, el vocablo  amante puede connotar cierta bajeza en la forma de amar; y, en griego, el significado de las palabras que estamos estudiando había degenerado a fin de representar hechos más vulgares. Es claro que el cristianismo difícilmente podía haberse anexado estas palabras, por lo que no aparecen en absoluto en el Nuevo Testamento.
2. El sustantivo  storge y el verbo  stergein tienen que ver especialmente con los  afectos familiares. Pueden utilizarse para expresar la clase de amor que siente un pueblo por su gobernante o una nación o familia por su dios tutelar, pero su uso regular describe fundamentalmente el amor de padres a hijos y viceversa. Platón escribe: "Un niño ama  (stergein) a, y es amado por, aquellos que lo engendraron"  (Leyes, 754b). Una palabra afín se encuentra a menudo en los testamentos. Se deja un legado a un miembro de la familia  trata philostorgian, es decir, "por el amor que te tengo". Estas palabras no se encuentran en el NT excepto el adjetivo afín  philostorgos, que aparece una vez en Ro. 12:10 (el gran capítulo que Pablo dedica a la ética) y que la Versión Reina Valera de 1908 traduce  amor fraternal. Esto es muy sugestivo porque denota que la comunidad cristiana no es una  sociedad, sino una familia.
3. Las palabras griegas más comunes para  amor son el sustantivo  philia y el verbo  philein, y ambas tienen un halo de cálido atractivo. Estas palabras encierran la idea de mirar a uno con afectuoso reconocimiento. Pueden usarse respecto del amor entre amigos y entre esposos. La mejor traducción de  philein es apreciar, la cual, incluyendo el amor físico, abarca mucho más. Algunas veces puede significar incluso  besar. Estas palabras tienen en sí todo el calor del auténtico afecto y del auténtico amor. En el NT,  philein se utiliza también para expresar el amor entre padres e hijos (Mt. 10:37); el amor de Jesús a Lázaro (Jn. 11:3, 36) y, una vez, el amor de Jesús al discípulo amado (Jn. 20:2).  Philla y philein son palabras hermosas para describir una relación hermosa.
4. Con mucho, las palabras más comunes en el NT para  amor son el nombre  agape y el verbo  agapan. Primero, estudiemos el sustantivo.  Agape no es en absoluto una palabra clásica, por lo que es dudoso que se haya utilizado alguna vez en el griego clásico. En la Septuaginta, se usa catorce veces respecto del amor sexual (p. ej., Jer. 2:2) y dos veces (p. ej., Ec. 9:1) como la opuesta de  misos, que significa  odio. A estas alturas,  agape no ha llegado a ser todavía una gran palabra, pero hay indicios de que lo será. En el Libro de Sabiduría, se usa para describir el amor de Dios (Sabiduría 3:9) y el amor a la sabiduría (Sabiduría 6:18). La Carta de Aristias dice (229) que la piedad está íntimamente relacionada con la belleza, pues "es la forma preeminente de la belleza,  y su poder radica en el  amor (agape), el cual es un don de Dios". Filón utiliza  agape una vez en el más noble sentido. Dice que  phobos (miedo)  y agape (amor) son sentimientos afines y, a su vez, característica del sentimiento del hombre hacia Dios. Pero solamente podemos encontrar raras y dispersas apariciones de esta palabra,  agape, que llegaría a ser la clave de la ética del NT. Ahora volvamos al verbo  agapan. Este verbo se emplea en el griego clásico más que el sustantivo, pero tampoco es muy frecuente. Puede significar  saludar afectuosamente. Puede describir el amor al dinero y a las piedras preciosas. También puede usarse como expresión de estar contento con alguna cosa o con alguna situación. Incluso se utiliza una vez (Plutarco,  Pericles 1) para describir a una dama de la alta sociedad acariciando a su perrito faldero. Pero la gran diferencia entre  philein y agapan en el griego clásico es que  agapan carece del calor que caracteriza  a philein. Hay dos buenos ejemplos de esto. Dio Casio, refiriéndose al famoso discurso de Antonio respecto a César, dice (44.48): "Vosotros lo amabais  (philein) como a un padre, y lo apreciabais  (agapan) como a un benefactor."  Philein describe el cálido amor que se profesa a un padre;  agapan, la afectuosa gratitud que se siente hacia un benefactor. En la  Memorabilia, Jenofonte describe cómo Aristarco consulta a Sócrates sobre un problema que tenía consistente en que, debido a los condicionamientos de la guerra, se veía obligado a vivir con catorce mujeres, parientes, que vivían a costa de él, pues, dada su situación de desplazadas, no tenían nada que hacer, y, lógicamente, surgían conflictos. Sócrates le aconseja que las ponga a trabajar, sean o no de ilustre cuna. Aristarco lo hace así y el problema se soluciona. "Las caras sombrías se tornaron radiantes; ellas lo amaron  (philein) como a su protector; él las miraba con afecto  (agapan) porque eran útiles" (Jenofonte,  Memorabilia, 2.7.12). De nuevo se manifiesta en  philein una calidez que no está en  agapan.
No sería cierto si dijéramos que en el NT se usan nada más que  agape y agapan para expresar el amor cristiano. Algunas veces se utiliza también  philein, como en los casos siguientes: para indicar la clase de amor que el Padre tiene al Hijo (Jn. 5:20); para denotar el amor de Dios a los hombres (Jn. 16:27) y para expresar la devoción que los hombres deben tener a Jesús (1 Cor. 16:22). Pero  philein se encuentra en el NT relativamente poco en comparación con  agape, que aparece casi ciento veinte veces, y con  agapan, que se emplea más de ciento treinta. Antes de estudiar detenidamente el uso que se hace de estas palabras, hay algo en torno a ellas y a su significado que hemos de tener en cuenta. ¿Por qué la forma cristiana de expresión se desentendió de las otras palabras griegas que significan amor y se centró en éstas?
Evidentemente, las otras palabras habían adquirido ciertos matices que las hacían inadecuadas.  Eros se asociaba definitivamente con el lado más vulgar del amor; tenía que ver mucho más con la pasión que con el amor.  Storge estaba muy vinculada al afecto familiar, pero nunca tuvo en sí la amplitud que la concepción del amor cristiano exige.
Philia era una palabra agradable, pero fundamentalmente denotaba calidez, intimidad y afecto. Podía usarse adecuadamente tan sólo respecto de nuestros allegados más amados, y el cristianismo necesitaba una palabra que incluyera mucho más. El pensamiento cristiano se fijó en  agape porque era la única palabra capaz de abarcar el contenido necesario; porque  agape demanda el concurso del hombre como un todo.
El amor cristiano no alcanza únicamente a nuestros parientes, a nuestros amigos más íntimos y, en general, a todos los que nos aman; el amor cristiano se extiende hasta el prójimo, sea amigo o enemigo, y hasta el mundo entero.
Por otra parte, todas las palabras ordinarias que significan amor expresan una emoción. Son palabras que se refieren al corazón y que ponen de manifiesto una experiencia que nos coge de improviso, sin buscarla, casi inevitablemente. No podemos impedir amar a nuestros parientes (la sangre tira) y a nuestros amigos.  El enamorarse no es ninguna proeza; es algo que nos sucede y que no podemos evitar. No hay ninguna virtud particular en el hecho de enamorarse, pues, para ello, poco o nada consciente tenemos que hacer. Simplemente, sucede. Pero  agape implica mucho más.  Agape tiene que ver con la mente. No es una mera emoción que se desata espontáneamente en nuestros corazones, sino un principio por el cual vivimos deliberadamente.  Agape se relaciona íntimamente con la  voluntad. Es una conquista, una victoria, una proeza. Nadie amó jamás a sus enemigos; pero al llegar a hacerlo es una auténtica conquista de todas nuestras inclinaciones naturales y emocionales.
Este  agape, este amor cristiano, no es una simple experiencia emocional que nos venga espontáneamente; es un principio deliberado de la mente, una conquista deliberada, una proeza de la voluntad. Es la facultad de amar lo que no es amable, de amar a la gente que no nos gusta. El cristianismo no nos pide que amemos a nuestros enemigos, y a los hombres en general, de la misma forma que amamos a nuestros familiares y amigos íntimos porque eso seria a la vez imposible y erróneo. Pero sí demanda que tengamos en todo tiempo una cierta actitud mental y una cierta inclinación benevolente hacia los demás sin importarnos su condición.
¿Cuál es, pues, el significado de  agape? El supremo pasaje para interpretarlo es Mateo 5:43-48. Ahí se nos manda amar a nuestros enemigos. ¿Para qué?  Para que seamos como Dios, que hace caer su lluvia sobre justos e injustos, sobre buenos y malos. Es decir,  al margen de cómo un hombre sea, Dios no procura para él sino su mayor bien. Eso es  agape, el espíritu que dice: "Sin importarme lo que un hombre, santo o pecador, me haga, nunca procuraré perjudicarlo ni vengarme. Jamás buscaré para él otra cosa que no sea lo mejor." Es decir, amor cristiano,  agape, es  benevolencia insuperable, bondad invencible. Como ya hemos dicho,  agape no es meramente una ola de emoción; es una deliberada convicción que resulta en una deliberada norma de vida. Es una proeza, una victoria, una conquista de la voluntad.  Agape apela a todo el hombre para realizarse; no sólo toma su corazón, sino también su mente y su voluntad.
Si esto es así, debemos hacer constar que:
(I) El  agape humano, nuestro amor al prójimo, está obligado a ser  producto del Espíritu. El NT es muy claro en este punto (Gá. 5:22; Ro. 15:30; Col. 1:8). El  agape cristiano es innatural en el sentido de que no es posible para el hombre natural. Un hombre podrá demostrar esta benevolencia universal, podrá ser purificado del odio, de la amargura y de la inclinación natural del ser humano a la enemistad, solamente cuando el Espíritu tome posesión de él y vierta en su corazón el amor de Dios.
El  agape cristiano es imposible para el no cristiano. Ningún hombre puede practicar la ética cristiana hasta que no sea cristiano. Puede ver con absoluta claridad lo deseable que es; puede reconocer que es la solución de los problemas del mundo; puede aceptarla racionalmente, pero no podrá vivirla prácticamente hasta que Cristo viva en él.
(II) Cuando entendemos lo que  agape significa, tropezamos con la gran objeción de que una sociedad basada en este amor sería un paraíso para los criminales, pues les facilitaría su propio camino. Puede alegarse que si en realidad hemos de procurar lo mejor para el hombre, bien podemos resistirlo, bien podemos castigarlo, bien podemos tratarlo con suma dureza -¡por el bien de su alma!
Pero el hecho permanece de que por mucho que hagamos por el hombre, nunca será puramente vindicativo, ni siquiera meramente retributivo, si no se hace dentro de ese amor perdonador que no procura el castigo del hombre -y mucho menos su aniquilación-, sino lo mejor. En otras palabras,  agape quiere decir tratar a los hombres como Dios los trata, lo cual no significa permitirles hacer todo cuanto les plazca.
Cuando estudiamos el NT encontrarnos que el amor es la base de toda relación perfecta en los cielos y en la tierra.
(I) El amor es la base de la relación entre el Padre y el Hijo, entre Dios y Jesús. Jesús puede hablar de "el amor con que me has amado" (Jn. 17:26). El es el "Hijo amado" (Col. 1:13;  cf. Jn. 3:35; 10:17; 15:9; 17:23, 24).
(ll) El amor es la base de la relación entre el Hijo y el Padre. El propósito de toda la vida de Jesús fue que "el mundo conozca que amo al Padre" (Jn. 14:31).
(lll) Amor es la actitud de Dios hacia los hombres (Jn. 3:16; Ro. 8:37; 5:8; Ef. 2:4; 2 Co. 13:14; 1 Jn. 3:1, 16; 4:9, 10). A veces, el cristianismo es presentado de una forma tal, que parece ser la obra hecha por un apacible y amable Jesús para calmar y apaciguar a un Dios severo y colérico, algo así como que Jesús cambió la actitud de Dios hacia nosotros. El NT no conoce nada de eso. Todo el proceso de la salvación comenzó porque Dios amó al mundo en gran manera.
(IV) El deber del hombre es amar a Dios (Mt. 22:37;  cf Mr. 12:30 y Lc. 10:27; Ro. 8:28; 1 Co. 2:9; 2 Ti. 4:8; 1 Jn. 4:19). El cristianismo no concibe al hombre sometido al poder de Dios, sino rendido al poder de Dios. No es que la voluntad del hombre sea triturada, sino que el corazón del hombre es quebrantado.
(V) La fuerza motriz de la vida de Jesús fue su amor a los hombres (Gá. 2:20; Ef. 5:2; 2 Ts. 2:16; Ap. 1:5; Jn. 15:9).
(VI) La esencia de la fe cristiana es el amor a Jesús (Ef. 6:24; 1 P. 1:8; Jn. 21:15, 16). Así como Jesús es el amante de las almas de los hombres, el cristiano lo es de Cristo.
(VII) Lo distintivo de la vida cristiana es el amor de los cristianos entre sí (Jn. 13:34; 15:12, 17; 1 P. 1:22; 1 Jn. 3:11, 23; 4:7). Cristianos son aquellos que aman a Jesús y se aman entre sí.
La base de toda relación justa concebible en los cielos y en la tierra es el amor. El NT tiene mucho que decir sobre el amor que Dios profesa a los hombres.
(I) Amor es la misma naturaleza de Dios. Dios es amor (1 Jn. 4:7, 8; 2 Co. 13:11).
(II) El amor de Dios es  universal. No fue sólo al pueblo escogido al que Dios amó, sino al mundo entero -y en gran manera (Jn. 3:16).
(Ill) El amor de Dios es  sacrificial. La prueba de su amor es la dación de su Hijo por los hombres (1 Jn. 4:9, 10; Jn. 3:16). La garantía del amor de Jesús es que se dio por nosotros (Gá. 2:20; Ef. 5:2; Ap. 1:5).
(IV) El amor de Dios es  inmerecido. Dios nos amó, y Jesús murió por nosotros, cuando éramos enemigos de Dios (Ro. 5:8; 1 Jn. 3:1; 4:9, 10).
(V) El amor de Dios es  misericordioso (Ef. 2:4). No es dictador ni tiránicamente posesivo; es el amor anhelante del corazón misericordioso.
(VI) El amor de Dios es  salvador y santificador (2 Ts. 2:13). Rescata del pasado y capacita a los hombres para hacer frente al futuro.
(VII) El amor de Dios es  confortador. En él, y a través de él, todo hombre llega a ser más que vencedor (Ro. 8:37). No es el amor blando e hiperproteccionista que hace a los hombres débiles e inmaduros; es el amor que fabrica héroes.
(VIII) El amor de Dios es  inseparable (Ro. 8:39). Por la naturaleza de las cosas, el amor humano está llamado a terminarse, al menos por un tiempo, pero el amor de Dios perdura sobre todos los azares, cambios y amenazas de la vida.
(IX) El amor de Dios es  recompensados (Stg. 1:12; 2:5). En esta vida, es algo precioso, y sus promesas para la vida venidera son todavía más grandes.
(X) El amor de Dios es  disciplinario (He. 12:6). El amor de Dios sabe que la disciplina es una parte esencial del amor.
El NT también tiene mucho que decir sobre cómo debe ser el amor del hombre a Dios.
(I) Debe ser amor  exclusivo (Mt. 6:24; Lc. 16:13). Solamente hay lugar para una lealtad en la vida cristiana.
(II) Es un amor  cimentado en la gratitud (Lc. 7:42, 47). Las dádivas del amor de Dios piden a cambio todo el amor de nuestros corazones.
(Ill) Es un amor  obediente. Repetidamente, el NT determina que la única forma de probar que amamos a Dios es obedeciéndole incondicionalmente (Jn. 14:15, 21, 23, 24; 13:35; 15:10; 1 Jn. 2:5; 5:2, 3; 2 Jn. 6). La obediencia es la demostración definitiva del amor.
(IV) Es un amor  extrovertido. Demostramos que amamos a Dios por el hecho de que amamos y ayudamos a nuestro prójimo (1 Jn. 4:12, 20; 3:14; 2:10). Negar nuestra ayuda a los hombres es tanto como probar que es falso el que haya amor de Dios en nosotros (1 Jn. 3:17).
Obediencia a Dios y amable ayuda a los hombres son las dos evidencias que patentizan nuestro amor.
Veamos ahora la otra cara de la moneda: el amor del hombre por el hombre.
(I) El amor debe ser la mismísima atmósfera de la vida cristiana (1 Co. 16:14; Col. 1:4; 1 Ts. 1:3; 3:6; 2 Ts. 1:3; Ef. 5:2; Ap. 2:19). El amor es el emblema de la comunidad cristiana. Una iglesia en la que haya amargura y contienda puede llamarse iglesia de los hombres, pero no de Cristo. Las luchas intestinas han enrarecido la atmósfera de su vida espiritual y la han asfixiado. Ha perdido el emblema de la vida cristiana y ya no es reconocible como la tal iglesia.
(II) La iglesia se edifica en amor (Ef. 4:16). El amor es el fundamento que la sostiene; el clima en el que puede crecer; el alimento que la nutre.
(lll) La fuerza motriz del líder cristiano debe ser el amor (2 Co. 11:11; 12:15; 2:4; 1 Ti. 4:12; 2 Ti. 3:10; 2 Jn. 1; 3 Jn. 1). No debe haber lugar en la iglesia para el hombre que sirve por razones de prestigio, de preeminencia y de poder. El móvil del líder cristiano debe ser únicamente amar y servir a su prójimo.
(IV) Al mismo tiempo, la actitud del cristiano hacia sus líderes debe estar promovida por el amor (1 Ts. 5:13). Demasiado a menudo, esa actitud es de criticismo, descontento e incluso de resentimiento. El vínculo que una a los que militan en el ejército cristiano ha de ser el amor.
El amor cristiano se va ensanchando en círculos cada vez más amplios.
(I) El amor cristiano empieza en el  hogar (Ef. 5:25, 28, 33). No debemos olvidar que la familia cristiana es uno de los mejores testigos de Cristo en el mundo. El amor cristiano empieza en el hogar. E! hombre que ha fracasado en hacer de su propia familia el centro del amor cristiano, tiene poco derecho a ejercer autoridad en la otra familia más numerosa que es la iglesia.
(II) El amor cristiano debe ser percibido por los ajenos a la  congregación (1 P. 2:17). La atónita expresión de los paganos en los primeros días del cristianismo era: "¡Mirad cómo se aman los cristianos!" Uno de los obstáculos más grandes con que tropieza la iglesia moderna -bajo el punto de vista del testimonio- es que al espectador debe aparecérsele como un conjunto de personas enzarzadas en disputas por verdaderas fruslerías. Una iglesia totalmente sumida en la paz del mutuo amor es un fenómeno raro. Ahora bien, para lograr esa paz no es preciso que sus miembros piensen de idéntica forma ni que estén de acuerdo en todo; basta con que, aun difiriendo, puedan todavía seguir amándose.
(Ill) El amor cristiano alcanza a nuestro  prójimo (Mt. 19:19; 22:39  cf. Mr. 12:31 y Lc. 10:27; Ro. 13:9; Gá. 5:14; Stg. 2:8). Nuestro prójimo es, simplemente, todo aquel que esté necesitado. Como el poeta romano dijo: "No considero extraño a ningún ser humano." Como es sabido, muchas más personas han sido traídas a la iglesia por la bondad del amor cristiano que por todos los argumentos teológicos habidos y por haber. Asimismo, muchas más personas han abandonado las iglesias -o han sido echadas- por la dureza y deformidad del mal llamado cristianismo que por todas las dudas del mundo.
(IV) El amor cristiano alcanza a nuestros  enemigos (Lc. 6:27;  cf Mt. 5:44). Hemos visto que amor cristiano significa benevolencia insuperable y bondad invencible. El cristiano, olvidando lo que un hombre le haga, nunca cesará de procurar lo mejor para ese hombre. Aunque sea insultado, injuriado, injustamente agraviado y calumniado, el cristiano nunca odiará ni permitirá que el rencor invada su corazón. Cuando Lincoln fue acusado de tratar a sus enemigos con demasiada cortesía y bondad, y cuando se le dijo que su deber era destruirlos, él dijo: "¿Acaso no destruyo a mis enemigos haciéndolos mis amigos?" El único método del cristiano para destruir a sus enemigos es amarlos como amigos.
Veamos ahora las características del amor cristiano.
(I) El amor es  sincero (Ro. 12:9; 2 Co. 6:6; 8:8; 1 P. 1:22). No tiene un doble fondo; no es egoísta. No es el agrado superficial que oculta un gran rencor. Es un amor que se da a su objeto con los ojos y el corazón bien abiertos.
(II) El amor es  inocente (Ro. 13:10). El amor cristiano no hace mal a nadie. El mal llamado amor puede dañar de dos formas: conduciendo al pecado y siendo hiperposesivo e hiperprotector. Respecto a la primera forma, Burns dijo de un hombre que conoció cuando él aprendía el rastrilleo del lino en Irvine: "Su amistad me hizo mal." Respecto a la segunda forma, es el caso típico del amor sofocante, como el de algunas madres.
(Ill) El amor es  generoso (2 Co. 8:24). Hay dos clases de amor: el que exige y el que da. El amor cristiano es dadivoso porque se inspira en el amor de Jesús (Jn. 13:34) y tiene su móvil principal en el amor de Dios (1 Jn. 4:11).
(IV) El amor es  práctico (He. 6:10; 1 Jn. 3:18). No es un mero sentimiento bondadoso que se limite a piadosos y buenos deseos; es un amor que se manifiesta en la acción.
(V) El amor es  paciente (Ef. 4:2). El amor cristiano es testimonio en contra de todo aquello que tan fácilmente transforma el amor en odio.
(VI) El amor se manifiesta en el  perdón y en la  restauración (2 Co. 2:8). El amor cristiano es capaz de perdonar y, al hacerlo, capacita al malhechor para que vuelva al buen camino.
(VII) El amor es  realista (2 Co. 2:4). El amor cristiano no cierra los ojos ante las faltas de los demás. El amor no es ciego, y usará de la reprimenda y la disciplina cuando sea necesario. El amor que no quiere ver las faltas, que evita la parte desagradable de toda disciplina, no es en absoluto amor auténtico y, al final, dañará a su objeto amado.
(VIII) El amor  cuida la libertad (Gá. 5:13; Ro. 14:15). Es completamente cierto que un cristiano tiene derecho a hacer todo aquello que no sea pecaminoso. Pero hay ciertas acciones en las que un cristiano no ve mal alguno y, sin embargo, pueden ofender a otro cristiano e incluso causar la ruina de otro hombre. El seguidor de Cristo nunca olvida su libertad cristiana, pero tampoco olvida que esa libertad está controlada por el amor cristiano y por la responsabilidad cristiana ante los demás.
(IX) El amor cuida la  sinceridad (Ef. 4:15). El cristiano ama la verdad (2 Ts. 2:10), pero al expresarla procura no hacerlo cruel ni antipáticamente para no herir. Se decía de Florence Allshorn, el gran maestro, que cuando tenía que reprender a alguno de sus alumnos lo hacía echándole el brazo sobre los hombros. El cristiano no oculta la verdad, pero siempre recuerda que amor y verdad van de la mano.
(X) El amor cristiano es  el vínculo que hace posible el compañerismo cristiano (Fil. 2:2; Col. 2:2). Pablo habla de los cristianos como unidos en amor. Nuestros puntos de vista teológicos pueden discrepar; asimismo, nuestras opiniones sobre métodos pueden diferir; pero, a través de las diferencias, vendrá la memoria constante de que amamos a Cristo y que, por consecuencia, nos amamos unos a otros.
(XI) El amor es  lo que da derecho al cristiano a pedir ayuda y favor a otro cristiano (Flm. 9). Si realmente estamos tan unidos en amor como debemos estar, encontraremos fácil pedir y natural dar cuando surja la necesidad.
(XII) El amor es  la fuerza motriz de la fe (Gá. 5:6). Más personas son ganadas para Cristo cuando se apela al corazón que cuando se apela al cerebro. La fe nace no tanto de una búsqueda intelectual como del levantamiento de la cruz de Cristo. Es cierto que, más tarde o más temprano, pensaremos en ciertas cuestiones que a veces nos desbordarán, pero, en el cristianismo, el corazón debe antes sentir que la mente pensar.
(XIII) El amor es  el perfeccionador de la vida cristiana (Ro. 13:10; Col. 3:14; 1 Ti. 1:5; 6:11; 1 Jn. 4:12). No hay en este mundo nada más grande que el amor. La tarea primaria de la iglesia no es perfeccionar su edificio, su liturgia, su música o sus vestiduras, sino perfeccionar su amor.
Finalmente, el NT manifiesta que hay ciertas formas a través de las cuales el amor puede ser mal dirigido.
(I)  El amor del mundo es un amor mal dirigido (1 Jn. 2:15). Demas desamparó a Pablo por amar al mundo (2 Ti. 4:10). Un hombre puede amar tanto lo temporal, que olvida lo eterno; puede amar tanto los premios del mundo, que olvida los premios últimos y esenciales que tienen que ver con la eternidad. Un hombre puede amar al mundo de tal manera, que acepta sus normas y abandona las de Cristo.
(II)  El amor al prestigio personal es un amor mal dirigido. Los escribas y fariseos amaban los principales asientos en las sinagogas y las alabanzas de los demás (Lc. 11:43; Jn. 12:43). La pregunta de un hombre debe siempre ser: "¿Qué piensa Dios de mi conducta?" Y, no: "¿Qué piensan los hombres de mi conducta?"
(III)  El amor a las tinieblas y el miedo a la luz es la inevitable consecuencia del pecado (Jn. 3:19). Tan pronto un hombre peca, tiene algo que ocultar; y, entonces, ama las tinieblas. Ahora bien, las tinieblas pueden ocultarlo de los hombres, pero no de Dios.
Así, después de todo, vemos, sin la menor sombra de duda, que la vida cristiana es edificada sobre dos pilares gemelos: el amor a Dios y el amor al prójimo.

"¿Qué dice la Biblia acerca de la virgen María?"

Pregunta: "¿Qué dice la Biblia acerca de la virgen María?"

Respuesta: 
María, la madre de Jesús era una mujer quien fue descrita por Dios como “muy favorecida” (Lucas 1:28Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.). La frase “muy favorecida” viene de una palabra griega, que significa esencialmente “mucha gracia”. María recibió la gracia de Dios. La gracia es “un favor inmerecido”, significando que es algo que recibimos a pesar del hecho de que no lo merezcamos. María necesitaba de la gracia de Dios, al igual que el resto de nosotros. María misma comprendió esta hecho, al declarar en Lucas 1:47, “Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.” María reconoció que ella necesitaba ser salvada, que ella necesitaba a Dios como su Salvador. La Biblia nunca dice que María fuera otra cosa que una humana ordinaria, a quien Dios eligió utilizarla de una manera extraordinaria. Sí, María era una mujer justa y favorecida (con gracia) por Dios (Lucas 1:27-28a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.
 Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. ). Al mismo tiempo María también fue un ser humano pecador, como todos los demás, que necesitaba a Jesucristo como su Salvador, al igual que todos los demás (Eclesiastés 7:20Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque.
; Romanos 3:23por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 
; 6:23Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. ; 1 Juan 1:8Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. ).

María no tuvo una “inmaculada concepción” – no hay una razón bíblica para creer que el nacimiento de María fue otra cosa que un nacimiento humanamente normal. María era una virgen cuando dio a luz a Jesús (Lucas 1:1:34 Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. 
1:35 Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. 
1:36 Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; 
1:37 porque nada hay imposible para Dios.
1:38 Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia.), pero la idea de una virginidad perpetua de María es anti-bíblica. Mateo 1:25, hablando de José, declara, “Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús.” La palabra “hasta” indica claramente que José y María tuvieron una unión sexual después del nacimiento de Jesús. José y María tuvieron varios hijos juntos después de que Jesús nació. Jesús tuvo cuatro medios-hermanos; Jacobo, José, Simón, y Judas (Mateo 13:55¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?). Jesús también tuvo medias-hermanas, pero no se mencionan sus nombres o el número de ellas (Mateo 13:55-56¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?). Dios bendijo y favoreció a María dándole varios hijos, lo cual en esa cultura era una clara indicación de la bendición de Dios hacia una mujer.

Una ocasión en que Jesús estaba hablando, una mujer de entre la multitud exclamó, “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste” (Lucas 11:27Mientras él decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste.). Nunca hubo una mejor oportunidad para que Jesús declarara que María era en realidad digna de alabanza y adoración. ¿Cuál fue la respuesta de Jesús? “Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan.” (Lucas 11:28). Para Jesús, la obediencia a la Palabra de Dios era MAS IMPORTANTE que el ser la mujer de quien nació. En ninguna parte de la Escritura Jesús, o alguien más, dirige alguna alabanza, gloria o adoración a María. Elisabet, la pariente de María, alabó a María en Lucas 1::42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. 
1:43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? 
1:44 Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. 
, pero su alabanza estaba basada en el hecho de que María daría a luz a Jesús. No estaba basada en ninguna gloria inherente en María.

María estuvo ahí en la cruz cuando Jesús murió (Juan 19:25Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena). María estuvo con los apóstoles en el día de Pentecostés (Hechos 1:14Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.). Sin embargo, María nunca vuelve a ser mencionada después del capítulo uno del libro de los Hechos. 1). En ningún momento los apóstoles le concedieron a María un papel prominente. La muerte de María no está registrada en la Biblia. Nada se dice de María acerca de su ascensión al cielo, o siendo de alguna forma exaltada en el cielo. María debe ser respetada como la madre terrenal de Jesús, pero no es digna de adoración. En ninguna parte indica la Biblia que María puede escuchar nuestras oraciones, o que puede ser mediadora para nosotros ante Dios. Jesús es nuestro Único abogado y mediador en el cielo (1 Timoteo 2:5 Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, ) Si se le hubiera ofrecido alabanza, adoración, u oraciones, María hubiera dicho lo mismo que los ángeles: “¡Adora a Dios!” (Apocalipsis 19:10; 22:9) María misma establece el ejemplo para nosotros, dirigiendo su alabanza, adoración y glorificación solamente a Dios, “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones, porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre” (Lucas 1:46-49).

domingo, 1 de mayo de 2011

El Futuro


El Futuro

Dios promete la vida eterna a todos los que creen en su Hijo. Está en la Biblia, Juan 3:16, "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna".
La vida eterna es un don para aquellos que confían en Jesús. Está en la Biblia, 1 Juan 5:11-12, "Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida".
Nuestro futuro en el cielo comienza cuando Jesús venga por segunda vez. Está en la Biblia, 1 Tesalonicenses 4:16-17, "Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor".
En la segunda venida de Jesús él nos hará perfectos, así como él lo es. Está en la Biblia, Filipenses 3:20-21, "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas".
¿Qué dice la Biblia acerca del cielo? Está en la Biblia, Juan 14:2-3, "En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis".
El futuro está más allá de nuestra comprensión. Está en la Biblia, 1 Corintios 2:9, "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman".
¿Cómo describe Isaías las condiciones de un futuro perfecto? Está en la Biblia, Isaías 65:21-23, "Edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas. No edificarán para que otro habite, ni plantarán para otro coma; porque según los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis escogidos disfrutarán la obra de sus manos. No trabajarán en vano, ni darán a luz para maldición, porque son linaje de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos".
La paz se extenderá hasta el reino animal. Está en la Biblia, Isaías 65:25, "El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey; y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová".
Los incapacitados serán sanados. Está en la Biblia, Isaías 35:5-6, "Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo".
Dios vivirá con su pueblo y no habrá más muerte, ni llanto, ni dolor. Está en la Biblia, Apocalipsis 21:3-4, "Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron".